Y siguen llegando

En el disco externo de mi notebook tengo 563 libros en pdf. Muchos de ellos no sé cuándo los bajé ni de qué página web. Tampoco sé quién fue el alma caritativa que los escaneó y los subió. El pdf tiene algo de anónimo. Los libros de mi biblioteca, mis libros de mi biblioteca, jamás podrían serlo.

Mi biblioteca está ordenada por secciones. Arriba de todo, lo que llamo “literatura general”. En el medio, todo lo que sean “ciencias y disciplinas”, en plural. Abajo de todo, un estante con libros antiguos que conseguí en ferias y casas de antigüedades. Cada sección está ordenada de la A a la Z, pero llega un momento en que los libros aplastan toda clasificación. Tengo un cómic sobre la historia de la lógica proposicional, Logicomix, que puse entre Fontanarrosa y Galeano. Memorias de un pigmeo, de Hebe Uhart, estuvo mucho tiempo en la parte de “ciencias” porque el libro me pareció un genial ejercicio de etnografía. Los dos tomos de La Segunda Guerra Mundial de Winston Churchill, mi última adquisición, están en la sección de literatura general, aunque más bien serían historia. Quizás, mi biblioteca es el reflejo de que toda clasificación siempre tiene goteras.

El primer libro que me regalaron fue Expreso de los vampiros. Yo tenía 8 años. Inaugura el estante más alto de la biblioteca. Todo lo que fue primero, siempre lo pongo arriba. “Metáfora espacial, pibe”, diría George Lakoff. No compré ningún libro de Lakoff,lo leí en pdf, pero sigo comprando libros de la colección Elige tu propia aventura, colección de la que Expreso de los vampiros forma parte. El libro vino con una falla de edición y le faltan dos hojas que parecen llevar a los únicos dos finales felices que había para elegir. Quizás, mi primer libro ya me adelantaba que la vida no es feliz, que hay que aceptar la fragilidad de vivir sin garantías. 

Dentro del libro, el señalador dice: Librerías Lenz, Alvear 4521. Era una librería de barrio, medio escondida entre las calles Pueyrredón y Charlone. Casi todos los libros de mi infancia fueron comprados ahí. El librero era un viejito muy buena onda y amable. Cada vez que íbamos con mi vieja, me recomendaba lecturas y gracias a él conocí también los libros de la colección Escóndete y grita. Otro libro que lleva el señalador de Lenz es Corazón, de Edmundo de Amicis. La edición es de Biblioteca Billiken, de 1963. Me lo hicieron leer en la primaria, no me acuerdo de qué trata, pero sí que era triste. Está roto y lleno de cinta scotch, una vez un compañero de 5to lo revoleó en un recreo con tanta mala suerte que rebotó en el ventilador del aula.

Los huecos en la biblioteca también dicen algo. Perdí Relatividad lingüística, un libro que le presté a un amigo antropólogo que se casó y se fue a vivir a Canadá. Otro que falta es Etnomusicología y Redes complejas. No me acuerdo a quién se lo di. Los dos eran libros carísimos, como de 600 páginas y fueron escritos por Carlos Reynoso. Me faltan también tres libros que quedaron en lo de mi ex, junto con algunos pdf’s, pero los encontré fácil en Internet. Nadie dice “Che, te devuelvo el pdf que me prestaste”. Quizás, regalar, prestar, devolver son verbos que van sincopados solo con los libros.

En el estante de abajo, en la sección de antiguos, tengo un libro llamado Mandingo, de Kyle Onstott, una edición de 1974. Lo vi en una feria de usados en San Telmo y me pareció gracioso, tenía nombre de un actor porno. Nunca lo leí, pero tiempo después averigué en Wikipedia y parece que trata sobre la esclavitud en el sur de Estados Unidos. Un dueño de plantación de algodón encuentra que vendiendo esclavos puede hacer más plata, entonces busca conseguir un esclavo negro de “raza Mandingo” para usarlo como semental en su plantación. Mandingo me vino con un señalador extraño: un ticket para el cine de Villa Urquiza Splendid, con fecha del 13 de febrero de 1968. La película que aparece en el ticket es “Maternidad sin hombres”; de un tal Carlos Rinaldi. “Mandingo” debería estar en Literatura, pero es viejo, viejo porque se publicó antes de que yo naciera. El ticket lo avala. Quedó abajo, entre “El Libro de juegos de Los Simpsons para los días de lluvia” (que nunca supe dónde ubicar) y un libro gigante en alemán. Todos los libros raros e improbables que pueda imaginar ya existen, y siguen existiendo todo el tiempo. Siempre hay uno que perturba mi orden.

El libro gigante en alemán se llama Die Wunder der Welt, de un tal Ernst von Hesse-Wartegg. Es de 1912 y lo conseguí en la librería Lenz hace cuatro años, cuando fui a visitar a mis viejos. Lo vi en la vidriera, me intrigó y le pedí al librero que me lo mostrara. Es un libro bellísimo, de tapa con ribetes dorados y la primera hoja es de papel encerado, “papel manteca”. Las hojas son de un gramaje especial, la tipografía está en relieve y las imágenes son litografías en blanco y negro hechas por el propio autor. Las imágenes a color vienen cuidadas también por una hojita de papel encerado. No sé de qué trata el libro, pero parece ser que era un alemán que viajó por todo el mundo y cuenta las cosas que vio. La última vez que fui, el librero de Lenz estaba más viejo, pero tenía esa sonrisa simpática de siempre. No me reconoció, creo. Me dijo que Die Wunder der Welt eran dos tomos, ese era el primero, pero el segundo nunca lo pudo conseguir. Me lo compré. Nos quedamos hablando un rato sobre la importancia de los libros viejos. Le conté que, en el Museo Etnográfico de la UBA, teníamos un ejemplar original de la Enciclopedia de Diderot, forrada en cuero de oveja. El librero me dijo que tenía algo que podía interesarme. 

Abrió una puerta y se fue. Lo esperé. Volvió con una cajita de madera. De adentro sacó una versión original de Mein Kampf, en cuero negro y con una esvástica grabada con un sello rojo lacrado. Abrió la primera página, me mostró la fecha de publicación. 1937. Me quedé duro, sentí un frío que me recorrió la médula. Cerró la caja y dijo que, si lo quería, podíamos arreglar un precio. No supe qué decir y entre tartamudeos  me despedí. Salí y me subí a la moto. En el costado del techito verde de la librería Lenz, decía: “Más libros, más libres”. El año pasado, mientras iba para Ballester, volví a recordar esa escena y pasé por la librería. La vidriera está llena de baldes, palanganas, tachos de basura y tuppers de colores. Ahora es una tienda Colombraro.

Otro libro que está en el estante de abajo es una enciclopedia sobre la Guerra Fría, era de mi viejo. Cuando era chico, yo pensaba que gran parte del pasado había sido en blanco y negro, hasta que en algún momento empezó a existir el color en el mundo. En esa enciclopedia había muchas imágenes en blanco y negro, pero en la página 57 aparecía una foto a color de una tal Eva Perón. Más adelante, había fotos a color de Kennedy, la Guerra de Vietnam y el movimiento hippie. Ahí se derrumbó mi teoría.

Más arriba en la biblioteca, hay toda una subsección de libros que solo leo cuando voy al baño. Sabella de Roman Lucht, es el que estoy leyendo ahora. Hay días en que Sabella está en la sección de Literatura. Otras, me lo olvido al lado del inodoro, pegadito a la escobilla de baño. Ahora, está al lado de Matando enanos a garrotazos de Alberto Laiseca. Ese libro me lo regaló Florencia, con quien salí un tiempo, para mi cumpleaños con  un alfajor Capitán del Espacio. Adentro, Matando enanos a garrotazos tiene una tarjetita con una dedicatoria. El libro no lo leí. La dedicatoria tiene la palabra “medallón de lenteja” en la segunda oración.

Hay un solo libro que nunca devolví. Me lo prestó (en realidad me lo dio y no supe decir que no) un alumno en un terciario que se presentaba como “psicoterapeuta especializado en bioindividualidades”. El libro es “El camino de la felicidad”, de Jorge Bucay. Me dio pena tirarlo a la basura así que lo tiré atrás de la biblioteca, detrás de las imponentes 1452 páginas de Economía y Sociedad de Max Weber. Recién me fijé el precio en Mercado Libre, cuesta lo mismo que un mes de alquiler. Solo leí un capítulo y lo cité tres veces. Quizás, a veces cito más de lo que leo. 

Hay un libro que nunca sé dónde ubicar, entonces lo pongo adelante del de Bucay: El tarot. Claves de la ciencia oculta de un tal Papus. Me lo regaló una amiga que dejó la carrera y se dedicó a la astrología y a la cartomancia. A veces me da fiaca que el libro de Papus haya quedado al lado de Economía y Sociedad, pero con mi amiga nos conocimos en un seminario sobre Weber, así que todo bien. Atrás del libro de ciencias ocultas, y rozando el de Bucay, hay un mazo de tarot envuelto en un trapo violeta. El trapo dice “XII”, porque “XII” es mi arcano de nacimiento o algo así, eso dijo mi amiga. El arcano tiene un dibujo de alguien que está colgado de un pie a un poste de madera, está cabeza abajo, detenido, inmovilizado, alguien que no actúa sobre el mundo, pero alguien todavía vivo y conectado a este plano. 

Hacia la derecha, hay otro inclasificable: un Corán. Me lo regaló el guía de la Mezquita de Buenos Aires. El Corán se lee de izquierda a derecha y tiene una cinta verde brillante que hace de señalador. Desde que el guía me lo dio, está en la página 127. Habíamos ido a la Mezquita con un curso de 5to año de un colegio católico donde yo era profesor. El guía nos regaló un Corán para la biblioteca del colegio. “La paz sea con él”, repetía siempre el guía cuando nombraba a Jesús, y nos dijo que Jesús era, para los musulmanes, uno de los grandes mensajeros de Dios. Cuando llegué con el libro a la escuela, la directora me dijo que hablara con la bibliotecaria para ver dónde colocarlo. La bibliotecaria se asustó tanto cuando vio el Corán que me dijo que lo dejara en el despacho de la directora. La directora dijo que no sabía dónde ponerlo y que prefería que me lo quedara. Ahora entre los Diálogos de Platón y Rezando con el evangelio, el librito con el que hice la catequesis. 

En el disco externo de mi notebook tengo 563 libros en pdf. Muchos de ellos no sé cuándo los bajé ni de qué página web. Tampoco sé quién fue el alma caritativa que los escaneó y los subió. El pdf tiene algo de anónimo. Los libros de mi biblioteca, mis libros de mi biblioteca, jamás podrían serlo. Todos los libros improbables que puedo imaginar ya se escribieron y, de hecho, continúan escribiéndose todo el tiempo. Y siguen llegando a mi biblioteca. 

 

 

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